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<p>En el año 2087, Inglaterra era un país de cristal y luz. Las pantallas cubrían cada pared, cada ventana, cada mirada. Los niños aprendían con hologramas, los adultos trabajaban desde cascos virtuales y nadie recordaba ya cómo se sentía el papel entre los dedos. La tecnología no era una herramienta: era el aire que se respiraba. Y como el aire, nadie pensaba en ella. Simplemente estaba.</p>
<p>En medio de todo aquello vivía Mara, una niña de diez años con un secreto que no le contaba a nadie: ella soñaba con el pasado. No con un pasado lejano ni inventado, sino con las imágenes que encontraba en los libros antiguos que guardaba debajo de la cama, escondidos como si fueran ilegales. Libros de papel. Libros que olían a tiempo. En sus páginas había fotografías de plazas llenas de gente hablando, de niños jugando sin pantallas, de mesas con comida y sin móviles encima.</p>
<p>Sus compañeros no lo entendían. Para ellos, un libro sin pantalla era como un farol sin luz. Pero Mara pensaba que precisamente eso era lo que faltaba en su mundo: un momento de silencio en medio de tanto brillo. Cada noche, antes de dormir, leía una página. Solo una. Y en esa página encontraba lo que las pantallas nunca le habían dado: calma. La sensación extraña y valiosa de estar en un solo lugar a la vez.</p>
<p>Un día, en clase, la profesora preguntó qué inventarían si pudieran cambiar el mundo. Sus compañeros respondieron con drones más rápidos, con inteligencia artificial más inteligente, con ciudades flotantes sobre el mar. Mara escuchó en silencio. Luego levantó la mano despacio.</p>
<p>—Yo inventaría una hora —dijo—. Una hora al día sin pantallas. Para recordar que existimos aunque no haya señal.</p>
<p>Hubo un silencio breve. Luego, risas. Alguien murmuró que eso era imposible, que el mundo no podía detenerse. Pero la profesora la miró de otra manera, con una expresión que Mara no supo descifrar hasta más tarde: reconocimiento.</p>
<p>Al día siguiente, la profesora propuso el experimento: una hora sin dispositivos, cada tarde, durante una semana. Al principio nadie sabía qué hacer con las manos. Los dedos buscaban pantallas que no estaban. Después, poco a poco, empezaron a hablar. A dibujar en papel. A mirar por la ventana sin fotografiarlo. Algunos encontraron libros viejos en casa y los llevaron a clase. Una niña descubrió que su abuela sabía cuentos que no estaban en ninguna base de datos.</p>
<p>Mara entendió entonces que no quería vivir sin tecnología. La tecnología había curado enfermedades, había unido familias separadas por océanos, había llevado luz a lugares que nunca la habían tenido. El problema no era la tecnología. Era el olvido. Olvidar que detrás de cada pantalla había una persona. Olvidar que la atención también es un recurso que se agota.</p>
<p>Y en aquella hora de silencio, cada tarde, el futuro empezó a parecerse un poco más a algo que valía la pena.</p>
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