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<p>Érase una vez un niño llamado Mateo. Amaba el baile; para él, el ritmo era libertad, una forma de decir lo que sentía sin usar palabras.</p>
<p>Un domingo, lleno de entusiasmo, decidió subir un video a TikTok mostrando sus mejores pasos. Sonreía mientras grababa, orgulloso de cada movimiento.<br class='autobr' />
Leo, uno de sus compañeros, descargó el video y lo compartió en el grupo de WhatsApp del salón. Al inicio escribió: “Miren esto, jajaja”.<br class='autobr' />
En segundos, el grupo estalló. Aparecieron stickers, risas, comentarios hirientes. Cada mensaje crecía como un eco imposible de detener.<br class='autobr' />
Mateo vio el celular vibrar una y otra vez. Al abrir el chat, sus ojos recorrieron los mensajes, uno, otro, y otro más. Su sonrisa desapareció. Apagó el teléfono y lo dejó a un lado.</p>
<p>Por la tarde, Ariana miró el celular y entró al grupo. Mientras deslizaba el dedo por la pantalla, sintió que la luz le incomodaba los ojos. Cada mensaje parecía más pesado que el anterior. Se detuvo, respiró hondo y cerró el chat, pero las palabras seguían dando vueltas en su cabeza.</p>
<p>El día lunes, Ariana notó el asiento vacío. También percibió risas apagadas y miradas cómplices entre algunos compañeros. No se quedó callada.<br class='autobr' />
Primero habló con la profesora, al llegar a casa, ingresó al grupo y escribió:<br class='autobr' />
—¿Se han preguntado cómo se siente Mateo? Reírse no nos hace más geniales, nos hace menos amigos.<br class='autobr' />
El chat quedó en silencio. Pasaron unos minutos. Entonces, Leo volvió a escribir:<br class='autobr' />
—Yo… no pensé que fuera para tanto. Solo quería hacerlos reír. No pensé que le iba a doler así.</p>
<p>Sus palabras cambiaron algo en el grupo. Uno a uno, los compañeros comenzaron a responder. Algunos borraron mensajes y otros escribieron disculpas. Esa misma tarde, varios decidieron escribirle a Mateo. Al día siguiente, cuando regresó a clases, no hubo risas escondidas, hubo miradas sinceras.</p>
<p>Crearon un nuevo grupo llamado “Amigos de 6to”, con una regla clara: usar las pantallas para apoyar, respetar y levantar a los demás, nunca para herirlos.<br class='autobr' />
Desde ese día, el diálogo en la red cambió. Ya no repetía burlas ni risas crueles. Ahora devolvía palabras de ánimo, mensajes de respeto y gestos de amistad que crecían y se multiplicaban.</p>
<p>Ahora era un eco diferente: uno lleno de palabras de ánimo, respeto y amistad, que resonaban en cada mensaje, recordándoles que, incluso detrás de una pantalla, todos tenemos un corazón que merece ser cuidado.</p>
VER

EL ECO SILENCIOSO DE LA RED

Cuentos

Peruano Español (Sede La Victoria)

<p>Detrás de una pantalla<br class='autobr' />
hay que tener murallas<br class='autobr' />
aunque haya muchas reseñas<br class='autobr' />
no siempre son buenas.</p>
<p>Si lo que quieres es buscar<br class='autobr' />
cuidado al navegar<br class='autobr' />
y si vas a hablar<br class='autobr' />
hay que respetar.</p>
<p>Si tienes alguna duda<br class='autobr' />
ve a pedir ayuda<br class='autobr' />
que siempre hay lugares<br class='autobr' />
donde solo pueden padres.</p>
<p>Si te vas a conectar<br class='autobr' />
siempre a disfrutar<br class='autobr' />
y siempre con un amigo<br class='autobr' />
podrás contar.</p>
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SEGURIDAD POR INTERNET

Poesías

La Anunciata - FESD

Cortesía Colabora