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<p>Lara se despertó con la pantalla en la cara, como cada mañana. Eran las siete. Antes de abrir los ojos del todo ya había revisado treinta y dos notificaciones, dos chats y un vídeo que no había pedido ver. El mundo existía dentro de ese rectángulo de luz, y el resto —la ventana, el cielo, el desayuno que su madre había dejado en la mesa— era solo el ruido de fondo.</p>
<p>Ese martes, el profesor de Tecnología lanzó un reto que a nadie le pareció posible: veinticuatro horas usando la tecnología solo cuando fuera estrictamente necesaria. Nada de redes sociales, nada de vídeos infinitos, nada de mensajes sin urgencia real. Lara se rio. Imposible, pensó. Pero cuando llegó a casa y se sentó en su cuarto con el móvil en la mano, algo la detuvo. Lo dejó boca abajo sobre la cama. Y esperó.</p>
<p>El silencio digital fue raro, casi físico, como si le faltara algo en los dedos. Sin saber qué hacer, se levantó y dio una vuelta por la casa. Entonces empezó a notar cosas que llevaban meses frente a ella sin que las viera: los tres cargadores enchufados sin nada conectado, la televisión en standby que parpadeaba roja toda la noche, el router encendido en cada habitación aunque nadie estuviera dentro. Pequeñas luces que nunca se apagaban. Energía que se escapaba en silencio, sin que nadie lo notara.</p>
<p>Su abuela entró a darle las buenas noches y se sentaron juntas en el sofá, sin móviles y sin prisa. Le contó que de joven la gente compartía el tiempo, no las pantallas. Que se llamaba por teléfono para preguntar cómo estabas, de verdad, no para enviar un emoji. Que la tecnología había llegado para ayudar, pero que ayudar no era lo mismo que sustituir. «Cuídala», dijo, señalando el móvil sobre la mesita, «para que ella no te consuma a ti». Lara no respondió. Pero esa noche tardó mucho en dormirse, y no fue por las notificaciones.</p>
<p>Al día siguiente volvió a conectarse. Pero algo había cambiado, como cuando mueves un mueble de sitio y la habitación parece distinta aunque todo siga igual. Borró diecisiete aplicaciones que no usaba, puso límite de tiempo a las redes y desactivó las notificaciones que no pedía. Por primera vez en meses, desayunó mirando por la ventana.</p>
<p>En clase propuso crear una campaña sobre consumo digital responsable. Sus amigos, al principio, se rieron. Luego la escucharon. Hicieron carteles, grabaron un vídeo y lo presentaron en el instituto. Semanas después, la escuela redujo el uso de dispositivos en los pasillos, organizó un taller sobre huella digital y apagó las pantallas decorativas del vestíbulo cuando no había nadie mirándolas. Un pequeño gesto. Un cambio real.</p>
<p>Lara aprendió que Internet no era el problema. El problema era no pensar. Y que la sostenibilidad no empieza en los grandes acuerdos ni en las leyes lejanas: empieza exactamente aquí, en el momento en que decides apagar lo que no necesitas encendido.</p>
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EL DÍA QUE LARA APAGÓ LA LUZ

Cuentos

Colegio español de Abu Dhabi

<p>En la red infinita donde el mundo se encuentra,<br class='autobr' />
cada clic es un paso, cada palabra cuenta.<br class='autobr' />
Es puente de ideas, ventana y camino,<br class='autobr' />
si la usas con juicio, será tu destino.</p>
<p>No todo lo escrito es cierto o sincero,<br class='autobr' />
contrasta, pregunta, analiza primero.<br class='autobr' />
Que el brillo de un título no nuble tu mente,<br class='autobr' />
la verdad necesita mirada prudente.</p>
<p>Cuida tus datos, tu imagen, tu voz,<br class='autobr' />
no todo se entrega, no todo es de todos.<br class='autobr' />
Protege tu espacio, tu clave, tu identidad, <br class='autobr' />
la red también exige responsabilidad.</p>
<p>Respeta al que opina distinto que tú <br class='autobr' />
recuerda: hay personas detrás del menú.<br class='autobr' />
Que el odio no encuentre lugar en tu acción,<br class='autobr' />
siembra diálogo, escucha y comprensión.</p>
<p>Y no olvides nunca cerrar la pantalla,<br class='autobr' />
mirar a los ojos, salir a la calle.<br class='autobr' />
Que internet sea ayuda, impulso y saber,<br class='autobr' />
pero que no sustituya tu modo de ser.</p>
<p>Si navegas con ética, tiempo y cuidado,<br class='autobr' />
la red será aliada, no mar desbordado.<br class='autobr' />
Pues quien la usa con mente y corazón<br class='autobr' />
hace del mundo digital una mejor conexión.</p>
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LA POESÍA INTERNETIANA

Poesías

CEIP JUAN DE YEPES

Cortesía Colabora